Los frutos de la fe
Vida Cristiana
Autor: Martín Lutero
Fecha: 7 Enero 2026
Descripción
1 Pedro 3:8–15.
“8 Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, humildes; 9 no devolviendo mal por mal, ni insulto por insulto, sino por el contrario, bendiciendo; porque para esto fuisteis llamados, para que heredaseis bendición. 10 Porque: El que quiere amar la vida Y ver días buenos, Refrene su lengua del mal, Y sus labios no hablen engaño; 11 Apártese del mal y haga el bien; Busque la paz y sígala. 12 Porque los ojos del Señor están sobre los justos, Y sus oídos atentos a sus oraciones; Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. 13 ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si sois celosos del bien? 14 Pero aun si padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois; y no temáis lo que ellos temen, ni os turbéis; 15 sino santificad en vuestros corazones a Cristo como Señor”. 1 Pedro 3:8-15.
Aquí se enumera nuevamente una larga lista de obras eminentemente buenas, ordenadas a los cristianos que creen y han confesado su fe en el Evangelio. Por tales frutos debe manifestarse la fe. Pedro clasifica estas obras según las obligaciones de los cristianos entre sí, y sus obligaciones hacia los enemigos y perseguidores.
Inmediatamente antes de este pasaje, Pablo ha estado instruyendo acerca de las relaciones domésticas entre esposo y esposa: cómo deben vivir juntos como cristianos, en amor y compañerismo, dándose el debido honor y soportándose con paciencia y sensatez. Ahora extiende la exhortación a los cristianos en general, ordenándoles vivir juntos en amor cristiano, como hermanos y hermanas de un mismo hogar. Al enumerar muchas virtudes y obras eminentemente nobles, retrata la iglesia ideal, hermosa en su adorno exterior, en la gracia con que resplandece ante los hombres. Con tales virtudes, la Iglesia agrada y honra a Dios, mientras los ángeles la contemplan con gozo y deleite.
¿Y qué cosa terrenal es más deseable a los ojos del hombre? ¿Qué sociedad más feliz y agradable puede buscar que la compañía de quienes manifiestan unidad de corazón, mente y voluntad; amor fraternal, mansedumbre, bondad y paciencia, aun hacia los enemigos? Ciertamente, ningún hombre es tan depravado como para no apreciar tal bondad y desear la compañía de personas de esta clase.
La primera virtud es una que los apóstoles mencionan con frecuencia. Pablo, por ejemplo, dice en Romanos 12:16: “Tened un mismo sentir unos con otros”. Y también en Efesios 4:3: “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. La armonía es la virtud indispensable para la Iglesia cristiana. Antes de que otras virtudes —como el amor y la mansedumbre— puedan manifestarse, debe existir primero concordia y unidad de corazón entre todos. Es imposible que las circunstancias externas de la vida humana sean siempre iguales; mucha diversidad en persona, posición y ocupación es inevitable.
A esta misma diversidad, unida a la depravación natural de la carne y la sangre, se debe la discordia y el desacuerdo entre los hombres en este mundo. Basta que alguien tome conciencia de su superioridad personal en rectitud, conocimiento, habilidad o capacidad natural, o que reconozca su posición más elevada en la vida, para que inmediatamente se vuelva complaciente consigo mismo, se considere mejor que los demás, exija honor y reconocimiento de todos, se muestre reacio a ceder o servir a quien considera inferior, y piense que tiene derecho a tales privilegios debido a su supuesta superioridad y virtud.
El orgullo es el vicio común del mundo, y el diablo lo fomenta entre sus numerosos seguidores, causando así toda clase de miseria e infelicidad, corrompiendo todos los rangos y posiciones, y volviendo a los hombres viciosos, depravados e incapaces de hacer el bien. En oposición a este vicio, los apóstoles exhortan diligentemente a los cristianos a ser de un mismo sentir, sin importar su posición u ocupación, puesto que cada individuo debe permanecer en el lugar al que ha sido ordenado y llamado por Dios. No todos los rangos y posiciones pueden ser iguales.
Esto es particularmente cierto en la Iglesia; porque además de las diferencias externas de persona, posición, etc., existen múltiples dones divinos distribuidos de manera desigual y otorgados en distinta medida. Sin embargo, todas estas diferencias, tanto espirituales como seculares, deben someterse a la unidad del espíritu —como la llama Pablo—, es decir, a una unidad espiritual. Así como los miembros del cuerpo físico tienen diferentes funciones y realizan distintas tareas, sin que uno pueda hacer el trabajo del otro, y sin embargo todos participan de la unidad de una misma vida corporal, así también los cristianos, por muy diversas que sean sus lenguas, oficios y dones, deben vivir, crecer y conservarse en unidad y armonía de mente, como un solo cuerpo.