
¿Cómo lidiar con la ansiedad?
Vida Cristiana
Autor: Dr. Amilcar López
Fecha: 17 Octubre 2026
Descripción
Como ministro, he observado con frecuencia que cuando una persona ingresa a un hospital, independientemente de cuán sencillo o rutinario sea el procedimiento al que va a someterse, suele experimentar algún grado de ansiedad. Forma parte de la naturaleza humana inquietarse por el bienestar físico cuando se enfrenta a la enfermedad, la incertidumbre o la posibilidad del sufrimiento. Por ello, una de las necesidades pastorales más importantes en esos momentos es atender no solo la condición del cuerpo, sino también la inquietud del alma.
Personalmente, he descubierto que la ansiedad no es exclusiva de quienes enfrentan una enfermedad. Aun después de años de ministerio, no recuerdo una sola ocasión en la que me haya levantado a predicar o enseñar sin experimentar cierto grado de ansiedad. Quizá algunos piensen que quienes hablan regularmente en público nunca sienten temor, pero la realidad es muy distinta. Cada vez que me dispongo a comunicar la Palabra de Dios, experimento una mezcla de responsabilidad, dependencia y ansiedad. Y sospecho que muchos de nosotros podríamos señalar circunstancias diferentes que producen sentimientos similares.
La ansiedad, en sí misma, es una experiencia universal. La Escritura reconoce esta realidad y la aborda con mucha claridad. No encontramos en la Biblia una negación simplista de nuestras preocupaciones, sino una invitación constante a llevarlas ante Dios. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias; y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7). La respuesta bíblica a la ansiedad no es la autosuficiencia, sino la dependencia de Dios mediante la oración.
De manera similar, el apóstol Pedro escribe: «Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). Este versículo nos recuerda que la solución última al temor no consiste en ignorarlo, sino en depositarlo en las manos de un Dios que cuida amorosamente de sus hijos. La base de nuestra confianza no es la fortaleza de nuestra fe, sino la fidelidad de Aquel en quien confiamos.
Juan Calvino observó que el corazón humano jamás encuentra verdadero reposo mientras no descanse en la providencia de Dios. Cuando perdemos de vista su gobierno soberano sobre nuestras circunstancias, fácilmente quedamos atrapados por preocupaciones acerca del futuro. En contraste, la doctrina de la providencia nos enseña que nada escapa al control sabio y paternal del Señor.
J. I. Packer enfatizó que conocer a Dios produce confianza. La ansiedad suele crecer en la medida en que nuestra visión de Dios se reduce; pero cuando contemplamos su sabiduría, poder y bondad, encontramos razones sólidas para descansar en Él. No es casualidad que Isaías exhortara al pueblo diciendo: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado» (Is. 26:3).
Timothy Keller señaló con frecuencia que muchas de nuestras ansiedades revelan los lugares donde hemos depositado nuestra seguridad fuera de Dios. Cuando nuestra identidad descansa en el éxito, la salud, el reconocimiento o el control, cualquier amenaza a esas cosas genera temor. Sin embargo, el evangelio nos recuerda que nuestra aceptación y seguridad están firmemente ancladas en Cristo, quien permanece inmutable incluso cuando todo lo demás cambia.
Asimismo, Joel Beeke ha destacado que la verdadera piedad no consiste en la ausencia de temores, sino en aprender a llevarlos constantemente al trono de la gracia. Los creyentes no son llamados a fingir que no tienen ansiedad, sino a combatirla mediante la fe en las promesas de Dios. Por ello, el salmista podía declarar: «En el día que temo, yo en ti confío» (Sal. 56:3). No dijo que nunca temía, sino que, cuando el temor aparecía, encontraba refugio en Dios.
En última instancia, nuestras ansiedades revelan tanto nuestra fragilidad como nuestra necesidad del Señor. Lejos de ser simplemente obstáculos que debemos superar, pueden convertirse en instrumentos que Dios utiliza para enseñarnos dependencia, humildad y confianza. En medio de nuestras preocupaciones, escuchamos nuevamente la voz de Cristo: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí» (Jn. 14:1). Allí, y solo allí, encontramos la paz que el mundo no puede dar.