
RAÍCES HISTÓRICAS DE LA IDENTIDAD REFORMADA
Cosmovisión
Autor: Dr. Eder Palomo Hatem
Fecha: 22 Octubre 2026
Descripción
En el cristianismo contemporáneo, es común emplear el término reformado para identificar una vertiente específica de la cristiandad. Frecuentemente, se le asocia con la figura de Juan Calvino y se utiliza como sinónimo de calvinista. Bajo esta perspectiva, el concepto suele delimitarse al ámbito soteriológico, concentrándose en doctrinas denominadas como “doctrinas de la gracia”, los cinco puntos del calvinismo o bajo el acrónimo TULIP. En consecuencia, suele asumirse que quien sostiene dicha postura doctrinal es, en automático, reformado.
Aunque estas doctrinas forman parte esencial de la tradición reformada, en sentido estricto proceden de los Cánones de Dort (1618-1619), un documento redactado en respuesta a las tesis de los remonstrantes. Si bien este corpus teológico fue decisivo —e influyó de manera directa en la elaboración de la Confesión de Fe de Westminster—, representa solo una fracción de la identidad reformada. Por ello, resulta indispensable acudir a la historia para precisar su verdadera esencia.
La Reforma zuinglio-calvinista.
El término en cuestión se remonta a los vientos reformistas que recorrieron la cristiandad europea en el siglo XVI. En la región que hoy ocupa Alemania —entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico— emergió una figura clave: el monje agustino Martín Lutero (1483-1546), reconocido habitualmente como el principal reformador. De hecho, la conmemoración de la Reforma Protestante se fija comúnmente el 31 de octubre, fecha en que Lutero clavó sus 95 tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg. Sin embargo, de manera simultánea emergió en Suiza otro reformador, Ulrico Zuinglio (1484-1531), quien no llegó a los principios reformistas por influencia luterana, sino —según su propio testimonio— mediante el contacto directo con las Escrituras. En la historiografía eclesiástica, este movimiento paralelo suele agruparse bajo la denominación de la Reforma en Suiza.
Entre 1505 y 1507, Zuinglio conoció enseñanzas como la supremacía de las Escrituras. Aunque comenzó sus estudios de teología bajo el método escolástico, pronto lo abandonó por considerarlo mera filosofía sobre Dios. En su lugar, decidió acudir directamente al texto bíblico y a la patrística. Este cambio de enfoque representa uno de los matices más significativos de la Reforma suiza, pues implicó un esfuerzo deliberado por descubrir el mensaje bíblico sin la mediación del pensamiento escolástico. Sin duda, esto lo llevó a predicar el Evangelio directamente desde las Escrituras, incluso antes de 1517 y de que la influencia luterana se diera a conocer en esta región.
Con el tiempo, la influencia de Lutero alcanzó a la Confederación, donde sus enseñanzas tuvieron una acogida favorable. Sin embargo, a pesar de esfuerzos de unidad de los dos movimientos, como el Coloquio de Marburgo en 1529, la unificación no prosperó. Estas diferencias terminaron por definir la nomenclatura confesional de los movimientos: las iglesias luteranas se identificaron como evangélicas, mientras que la tradición suiza, al impulsar una transformación tanto estructural como institucional, terminó por asumir el adjetivo de reformada.
Zuinglio murió en el año 1531, dejando un destacado avance reformista junto con otros distinguidos teólogos. Más tarde, la Reforma en Suiza se consolidó con la figura de Juan Calvino (1509-1564). Cuando Calvino llegó a Ginebra ya encontró el terreno preparado; sin embargo, sus aportes fueron sustanciales, especialmente con la sistematización doctrinal en la Institución de la religión cristiana y su énfasis en la enseñanza, tanto en la iglesia como a través de la fundación de la Academia de Ginebra, una institución relevante que no solo enseñaba teología, sino que buscaba capacitar a los creyentes para la iglesia, la sociedad y el Estado.
Distintivos de la Reforma en Suiza
Ahora bien, algunos los rasgos distintivos de la Reforma zuinglio-calvinista pueden rastrearse desde las motivaciones mismas de los reformadores. Uno de ellos es la forma de aproximarse al texto bíblico: si bien la mayoría de los movimientos reformistas enfatizaba la supremacía de las Escrituras, Zuinglio rechazó el método escolástico para acudir directamente a ellas, mientras que Calvino entendió la necesidad de abordarlas mediante un estudio riguroso alejado de especulaciones. De este modo, su visión de la soberanía y la gloria de Dios, con todas sus implicaciones, fue el resultado natural del modo y la actitud con que se acercaron al texto bíblico.
De lo anterior se desprende una diferencia fundamental con el movimiento luterano. Mientras que este enfocó su esfuerzo en recuperar la predicación mediante el redescubrimiento de la salvación bíblica y relegó áreas como el arte, la ciencia y la sociedad al ámbito secular, para la tradición zuinglio-calvinista la soteriología fue el punto de partida. En su visión, la salvación era la base necesaria, pero no la culminación de la Reforma. Si Dios es soberano sobre todo y todo es para su gloria, la salvación impulsa a glorificarle en cada área de la vida, promoviendo así una reforma que trascendió la esfera eclesiástica.
Asimismo, de la tradición zuinglio-calvinista se desprenden doctrinas distintivas como la soberanía de Dios, la teología del pacto, la encarnación de Cristo y la redención, así como los postulados soteriológicos declarados en los Cánones de Dort y plasmados en un amplio cúmulo de confesiones reformadas. De esta forma, tales doctrinas son el resultado de la sujeción a la Palabra de Dios, asumiéndola sin especulación. Los credos y confesiones no son un fin en sí mismos, sino el fruto de una actitud que se aproxima a las Escrituras en completa subordinación a Dios y a su Palabra.
Asimismo, la herencia zuinglio-calvinista nos recuerda que no se trata de una nostalgia por el pasado ni de pretender regresar al siglo XVI, sino de comprender los principios que impulsaron la Reforma. Limitarse a replicar las luchas de aquel tiempo revelaría una falta de entendimiento de la propia identidad reformada. Esta exige interpretar las Escrituras para discernir y abordar los desafíos de nuestra época. En lugar de emular estructuras de otros siglos, nuestro deber es mantener la misma actitud de los reformadores: comprender nuestro contexto para responder a él bíblicamente, pues “una reforma nunca es un regreso a un periodo cristiano anterior en la historia, sino que siempre significa un arrepentimiento y un regreso a la obediencia”.
En conclusión, las confesiones, iglesias, denominaciones y movimientos culturales de origen reformado encuentran su esencia en un corazón renovado por la gracia de Dios. Esta experiencia no se alcanza mediante metodologías, intelectualismo o deducciones humanas, sino únicamente por la obra salvadora de Cristo, quien regenera el corazón y capacita, mediante el Espíritu Santo, para comprender la Palabra revelada. Esta revelación se recibe sin especulaciones, movida por una fe fundada en el verdadero conocimiento de Dios.
Por tanto, el creyente reformado se somete a la Escritura sin especular, lo que lo conduce a reconocer a un Dios soberano que debe ser glorificado y a mantener como eje articulador la conciencia de vivir permanentemente Coram Deo. En última instancia, el principio reformado exige un retorno a la obediencia y el compromiso constante de llevar todo pensamiento cautivo al señorío de Cristo.
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Eder Palomo Hatem es Doctor y maestro en Estudios Latinoamericanos en Territorio Sociedad y Cultura; licenciado en Historia, por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Es licenciado y maestro en Teología por instituciones especializadas. Docente, investigador y pastor.
Entre sus líneas de investigación están: historia religiosa en América Latina, laicidad, educación y enseñanza de las Ciencias Sociales.
Bibliografía
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